Tras la alarmante noticia de ayer, nos sentimos obligados a publicar esta aclaración que nos envía José María Maesa en forma de relato
Dada la reciente publicación, por parte de este mismo medio, de una alarmante noticia en la que se habla de la posibilidad del fin del mundo tal y como lo conocemos, vinculándose de alguna forma con mi propia desaparición, creo que es obligado para mí detener el pánico desatado, que ya se ha materializado en una oleada de entre tres y cuatro personas que me han llamado interesándose por mi salud y paradero. Resumiendo mucho, se puede decir que lo que se ha entendido generalmente que soy yo, la persona llamada José María Maesa Márquez, está –estoy- bien y a buen recaudo. Sigo viviendo en mi casa, con mi mujer e hija, y sigo desempeñando el mismo trabajo. Todo correcto. En cuanto al tema, también mencionado en la noticia, del fin del mundo, lamento decir que no me encuentro en situación de desmentir nada, pero sí os puedo asegurar que no merece la pena preocuparse por eso. Al menos por ahora.
Parece que he creado demasiada confusión en torno al mensaje verdaderamente importante que pretendía transmitir con el blog titulado Atrapado en José María Maesa Márquez. Vuelvo al punto de partida, dando por terminado el relato fragmentado que he publicado en las entradas Uno a Nueve de la mencionada bitácora. Considero que su formato epistolar, con demasiados vínculos con la narrativa de ficción, y la deriva excesiva que toman los acontecimientos hacen que, o bien se cree una alarma irracional y malentendida, o se alimenten dudas sobre la verosimilitud del mensaje primordial.
La tendencia distópico-apocalíptica presente en muchos de mis escritos, así como mis pretensiones literarias han creado un intento de novelita por entregas adaptada a los nuevos formatos –sí, el blog, ese formato tan novedoso– que ha emborronado la seriedad del verdadero mensaje. Y quiero que quede claro cómo de serio es esto, y que no se trata de algo tan insignificante como mi desaparición, ni tan burdo como el fin del mundo.
Sin embargo, el otro día recibí un correo que me ha hecho creer que mi intento no había sido del todo estropeado por mi torpeza. Transcribo el mail:
Estimado José María,
Mi nombre es José Manuel Doppler. Aun escribiendo este correo, sigo dándole vueltas a cómo enfocar lo que pretendo contarle. He leído su blog completo, los nueve episodios, aunque creo que va perdiendo interés conforme se va alejando de la ambigüedad de las primeras entradas. Nunca he disfrutado especialmente con la fantasía o la ciencia ficción, pero reconozco que, en general, está bastante entretenido.
Pero son las primeras entradas las que me han causado una profunda impresión, porque lo que cuenta, aunque lo hace buscando el efectismo y el interés de potenciales lectores, adornándolo y complicándolo demasiado para mi gusto, es capaz de explicar sensaciones muy familiares que, sin embargo, nunca he expresado abiertamente. Y aquí está el punto a partir del cual no termino de decidir cómo preguntarle esto, sobre todo por miedo. El miedo que, ahora lo entiendo, me ha bloqueado desde siempre impidiéndome verbalizar algo que, por otro lado, es inútil engañarse, es incuestionable.
En fin, llegado a este punto, creo que voy a hacer lo que en el fondo estoy deseando, y es arriesgarme a preguntarle abiertamente: ¿de verdad cree que puede haber alguien más en nuestro interior?
Cuando lo leí me produjo, como José Manuel dice (obviamente, le he cambiado el nombre), una profunda impresión. Una mezcla de ternura, pero también arrepentimiento y culpa, porque mi objetivo original estaba mucho más cercano a lo que el bueno de Manu Doppler ha conseguido entrever, a pesar de la morralla que yo he añadido. He prostituido el objetivo del blog con mi afán de hacer literatura. Y ya llevo 600 palabras y vuelvo a divagar sin haber transmitido lo que debería ser la idea fundamental de este escrito –y los anteriores–, así que me voy a dejar de rodeos y voy a entrar en materia.
Hace unos meses, no sé decir exactamente cuántos, me tropecé con un artículo científico que trastocó lo que solía ser la vida de José María Maesa. Mi trabajo habitual se desenvuelve en el contexto de la ciencia, y se podría decir que soy científico, de la misma forma que se puede decir que soy escritor, es decir, siempre y cuando empleemos definiciones genéricas que no se ciñan a los arquetipos. Digo esto para que se tenga en cuenta que no soy un seguidor de Cuarto Milenio que ha leído un artículo en Muy Interesante o cualquier otra cuestionable fuente de evidencia. De lo que os hablo es de un artículo científico publicado en una revista que, aunque no sea Nature, ni nada que se le parezca, es lo suficientemente respetable y solvente como para considerarlo evidencia científica.
Ese artículo en cuestión había sido publicado por la doctora Emilia Rebolledo en la revista Archivos de Psicología Clínica, y tenía por título: «Mujer de quince años con dos consciencias: a propósito de un caso». No voy a entrar en detalles excesivos sobre la exposición del caso, pero creo que es interesante que sepáis que se trata de un trabajo excelente que, por desgracia, ha pasado desapercibido, tal vez por haberse detectado en un hospital comarcal, en lo más profundo de la sierra de Sevilla.
La joven llegó a urgencias con un cuadro de confusión que en principio hizo pensar en un posible consumo de drogas. Después de realizarle una analítica, que descartó la presencia de sustancias estupefacientes y de los medicamentos más habituales en la orina de la paciente, y de comprobar que la sintomatología no se reflejaba en ninguna alteración de los parámetros bioquímicos, fue derivada al área de psiquiatría, pues su estado no sólo no mejoraba, sino que se fue agravando en las siguientes horas.
Después de muchos días e incontables pruebas, todas negativas, el diagnóstico estuvo a punto de decantarse por el trastorno de identidad disociativo. Sin embargo los síntomas no eran claros: no aparecía la amnesia, la personalidad capaz de comunicarse aseguraba no ser la dominante, y esta era totalmente consciente de la «otra personalidad». La paciente aseguraba que era esa segunda personalidad en la sombra la que siempre había tomado sus decisiones, pero que solo hacía unos días había descubierto su existencia. Tras exponer el caso, la doctora Rebolledo realiza un sorprendente análisis en el que va exponiendo y descartando todos los posibles trastornos hasta que llega a la conclusión de que se trata de una patología nunca antes descrita a la que le da el nombre provisional de trastorno biconciencial.
Y con este artículo con el que un día cualquiera me tropecé por casualidad, mi vida cambió de manera drástica y definitiva. Una mera sensación que hasta entonces había sido como el pequeño detalle que se contempla a través de la ventana de una pintura flamenca, pero que cuando te das cuenta de su presencia no puedes dejar de contemplar, se hizo tan manifiesto en mi vida que no sólo no he podido dejarlo atrás, es que se ha adueñado de mi existencia. A través de esa ventana, en el fondo de la tabla flamenca de mi vida, distante, pero con una resolución inverosímil para ser un diminuto óleo insignificante, había un tipo observándome atentamente. Su mirada me sigue allá donde voy y, lo sé, me ha estado observando toda la vida.
Creo que con estos tres testimonios, el de Manu, el artículo sobre el caso clínico, y el mío propio, es suficiente para que todo aquel que se haya sentido impulsado por una voluntad que, aún emanando de él mismo, no es verdaderamente él mismo, o que se sorprenda por haber tomado determinadas decisiones que no parezcan propias de él, entienda de lo que estoy hablando.
Dejo para una próxima ocasión hablaros sobre la oportunidad que suponen los inquilinos o qué se entiende por el fin del mundo.


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