Último artículo del especial dedicado a las autoras nominadas a los Ignotus 2019 con personajes y temáticas LGTBI+ en sus obras, dentro del #LeeOrgullo. Haremos una reflexión de presente y futuro pensando en la causa que tenemos detrás, conseguir una igualdad real para el colectivo.
El poder del arte
Nos recuerda Cristina Jurado que “desde tiempos inmemoriales el ser humano se cuenta sí mismo historias que revelan los colores de su alma. Es algo que lo convierte en una criatura poderosa, capaz de controlar vidas inventadas. Es en la literatura, y en el arte en general, donde el ser humano doblega la realidad. Y el arte es expresión de la cultura donde reflejamos lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser. La literatura puede servir para visibilizar aquellas identidades y orientaciones sexuales que han sido subyugadas y menospreciadas”.
En la misma línea nos responde Nieves Delgado: “La literatura, y también el cine en nuestros tiempos, ayuda a forjar mitos. Las sociedades se explican a través de sus mitos y estos, al mismo tiempo, se nutren de ellas. Yo creo profundamente en el papel transformador de la literatura, del arte en general, sobre las sociedades que los acogen. No acepto el papel místico, etéreo y supremo que algunos asignan al arte, como si fuera algo externo al ser humano, sagrado e intocable. El arte es la expresión de la esencia de lo humano y, por tanto, no es inmutable. Es causa y efecto. Cambia con el tiempo y produce cambios. Yo creo que una literatura que se esfuerce en no reproducir estereotipos ya estará aportando mucho. Habrá quien quiera hacerlo, habrá quien no, y todas las opciones son válidas; pero si logramos librarnos del ceñido traje de la normatividad, estoy segura de que nos sentiremos mucho más libres”.
Esa literatura que no reproduce estereotipos es la que pide también Javier Quevedo Puchal, que propone “desmontar narrativas rancias y reelaborarlas para mostrar una riqueza real que, de forma sistemática, siempre nos han negado.” Y nos pone un ejemplo: “A mí no me parece mal que un villano sea homosexual; lo que me parece mal es que, de un muestreo de diez personajes homosexuales con más de dos líneas de diálogo, tengamos diez villanos y cero héroes, porque así a lo tonto se está perpetuando una idea muy específica: ‘Ojo con esta gente, que no es trigo limpio’. Del mismo modo que tampoco me parece mal que una historia de amor lésbica acabe de forma trágica; lo que me molesta es que, de cada diez historias de amor lésbicas, nueve acaben de forma trágica y la décima acabe con un toque agridulce, porque también se está fomentando el ideario que se está fomentando: ‘¿Ves lo que pasa? Eso nunca puede acabar bien’”.
Un deber con la infancia y la juventud
Love wh you are. Foto de Sharon McCutcheon en Unsplash
Preguntando cuál creen que es la función de la literatura en esta lucha, Aranzazu Serrano responde en dos palabras, que ya hemos ido leyendo en estos días: normalización y visibilización. Y lo concreta ante un grupo específico: “la literatura juega un papel fundamental, sobre todo para ofrecer a los niños y los jóvenes personajes LGTBI+ en los que puedan identificarse y verse reflejados; historias de amor e historias de familias en el que haya una representación normalizada de todo tipo de relaciones». Laura S. Maquilón da un giro al concepto de visibilización y lo enfoca al autor, nos habla de normalización y autoconocimiento: “Mostrar que somos personas, y que somos personas diversas, con nuestras virtudes y defectos, nuestras preocupaciones mundanas”. Y vuelve a poner el foco en ese mismo grupo: “Y que quienes leen, sobre todo la juventud, pueda verse reflejada en esos personajes y conocerse mejor a sí misma”. Nieves Mories lo concreta en dos conceptos similares: diversidad y naturalidad.
La juventud también está en el foco del planteamiento de Rocío Vega: “Según las estadísticas, los jóvenes son el grupo que más lee; si queremos construir un mundo mejor, ya sabemos por dónde empezar”. Y añade un objetivo: “La literatura es otro medio por el que se puede transmitir la idea de que somos personas tan válidas como cualquier otra”. En esa línea sigue M. P. Moles: “Que los lectores vean a la gente LGBT+ como lo que son: gente que existe. Y que existe más allá de su condición. Que un tío gay no es solo eso. Que es también panadero, hermano, amigo, le gustan los garbanzos y salir con la moto los miércoles de madrugada. Que los jóvenes se sientan identificados al crecer leyendo, que no se sientan solos pensando que son raros, que están rotos, que están mal porque nadie es así ni en la vida ni en los libros que leen. Representar la realidad”. Manu quiere “una literatura que represente todo tipo de personas. Porque si alguien mira un poco a su alrededor con atención, nos verá”.
Pero incluir personajes “que se salen de la norma” puede ser aún un factor riesgo en el mundo editorial, como nos recuerda Aranzazu: “Cuando mi agente literario se leyó ‘Neimhaim. El azor y los cuervos’, me felicitó ‘por ser tan valiente’. Yo no siento que incluir personajes LGTBi+ en un mundo de fantasía sea un acto de bravura, aunque ciertamente me expuse a la censura y a la no publicación del manuscrito. Por fortuna, esto nunca ocurrió en mi editorial, pero en otras sí habría sucedido”.
Un horizonte
Foto de Chris Johnson en Unsplash
Cristina Jurado nos anima a sacudirnos los miedos: “a incluir personajes no normativos en nuestras historias de manera habitual; a considerar otras perspectivas que las suministradas por el patriarcado; a escribir historias infantiles y juveniles que muestren diversidad para que los más jóvenes aprendan a coexistir con personajes de todo tipo”.
Aranzazu Serrano nos habla de joyas que encontramos en el audiovisual: “la serie Sense8, de las hermanas Watchowski, o la serie infantil El príncipe Dragón (Netflix), que son un maravilloso ejemplo de tolerancia e inclusividad”. Y nos marca su ruta: “Creo que ese es el camino a seguir en la literatura también: incluir y visibilizar con absoluta normalidad personajes representativos de todo el rango humano. Si algo tiene de maravilloso el ser humano es la inmensa variedad de formas de ver el mundo, de pensar y de amar que exhibimos a lo largo y ancho de nuestro planeta. Esa es una riqueza, un tesoro, que me inspira un gran orgullo, y por el que vale la pena luchar”.
Algo parecido nos propone Nieves Delgado: “Mi opción es darlo todo por hecho. Asumir que la diversidad ya está completamente integrada en la sociedad y escribir desde ahí mis historias. Eso no significa que no pueda haber personajes marginados, discriminados, que marginen o discriminen; significa que los mundos en los que se desenvuelvan, por norma general, no estarán entretejidos con prejuicios invisibles. O al menos, no con esos prejuicios invisibles. Aunque pueda haber (y los habrá) otros que yo no veo. Creo que alguna gente piensa que eso es lo mismo que escribir sobre unicornios y arco iris, que la literatura se volverá una especie de relato acerca de seres pusilánimes que no encuentran conflicto en sus vidas. Yo creo todo lo contrario. El conflicto es inherente al ser humano, no hace falta añadir más mierda para ponernos la zancadilla. Creo que en un mundo ‘limpio’ (por llamarlo de alguna manera), el lado oscuro de lo humano sería más evidente, porque no podemos evitar ser lo que somos”.
Javier Quevedo Puchal nos ofrece otros dos ejemplos televisivos: American Horror Story y Pose: “Series que, sin prescindir para nada de los personajes heteros, ofrecen una enorme variedad no solo de personajes LGTBI+, sino aún más importante: de personajes LGTBI+ principales. Yo creo que la clave está en esa palabra: variedad”. E insiste es esa necesidad de ofrecer opciones diversas, que no repitan los tópicos de siempre: “Si sientes una imperiosa necesidad de escribir una víctima transexual interesantísima, me parece fenomenal. Pero si empiezo a ver que tu aportación LGTBI+ son personajes consistentemente trágicos o consistentemente ridículos o consistentemente malvados (porque con los heroicos protagonistas no te la quieres jugar, así que casi mejor que sean heteros, que ya los escribirás gais ‘cuando la historia lo pida’), pues, qué quieres que te diga: lo mismo la jugada empieza a apestar más de la cuenta”.
Laura S. Maquilón dibuja un horizonte compartido: “A mí me gustaría que llegara el día en que no se tenga que señalar que haya personajes queer como un logro, ponerle una etiqueta como si fuera un subgrupo especial dentro de la literatura”. Porque queremos algo tan simple como esto: “No queremos ser especiales, queremos que se nos trate como personas normales, que nadie se sorprenda cuando un personaje no es cisheterosexual. Para ello hay que leer sus historias y a sus creadores, principalmente a quienes pertenecen al colectivo, porque también han sido quienes menos voz han tenido hasta ahora y tienen mucho que contar”.
Rocío Vega pide ir más allá: “Creo que lo más importante es ir a la raíz de todo: ¿quién cuenta nuestras historias y a quiénes apoyamos para que se sigan contando? Debemos apoyar a los creadores LGBT+, hacerles un hueco y darles voz. Y después de darles voz, darles dinero para que puedan continuar creando y contando historias. De lo contrario, se perpetúa la explotación de la experiencia queer por parte de quienes ya tienen un altavoz y se deja de lado a quienes deberían beneficiarse de esta apertura de horizontes en primer lugar”.
Hacia adelante
En estos artículos hemos hablado de temas que pueden parecer obvios, pero no está de más recordarlos. Y acabamos con algo que también puede parecer obvio: hacia donde debemos ir. Nieves Mories lo ve claro: “Es fácil: hacia adelante. La sociedad avanza, fluye, es un organismo vivo, rico y exuberante y la literatura debe dejarse arrastrar por ese flujo. El anquilosamiento no es sano, negar la evolución y encasillarse en lo de siempre es estar muy ciego y no querer dejar de estarlo. Avanzar o morir, sobre todo de aburrimiento, tú y tus lectores”.
Foto de Toni Reed en Unsplash
Por cierto, estas son las obras finalistas en los Ignotus 2019 de nuestras autoras entrevistadas en el #LeeOrgullo:
Novela
- Bionautas, de Cristina Jurado(editada por Cerbero) (Reseña)
- El azor y los cuervos, de Aranzazu Serrano Lorenzo(editada por Fantascy) (Reseña)
- Ojos verdes, negra sombra, de Javier Quevedo Puchal(editada por Dilatando mentes) (Reseña)
Novela corta
- Agnus Dei, de Nieves Mories(editada por Cerbero) (Reseña)
- UNO, de Nieves Delgado(editada por Cerbero) (Reseña de Esteban Bentancour, artículo sobre UNO e infodumping, artículo sobre UNO y la frustración del lector)
Antología
- Iridiscencia, de varios autores(editada por La maldición del escritor) (Reseña)
- La compañía amable, de Rocío Vega (editada por Cerbero) (Reseña en Libros Prohibidos). También candidata en la categoría de Mejor Cuento: Por una amiga (en la antología La compañía amable) y en Mejor Producción Audiovisual, por el audiorrelato del mismo título, con Carlos Velilla.
LJSalart
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